¿Qué es la psiconutrición?

La psiconutrición es la disciplina científica que integra psicología + nutrición, y que ha surgido en los últimos años de la necesidad, por parte de muchos profesionales de la salud, de abordar las variables psicológicas que influyen en nuestra alimentación para poder hacer cambios en ella.

Si te das cuenta, durante muchos años, la manera de intentar hacernos cambiar determinados aspectos en nuestra alimentación no ha tenido en cuenta dichas variables psicológicas. Por eso, la pauta más extendida (tanto desde el sistema de salud como desde la publicidad y los medios de comunicación) para procurar cambios en nuestra alimentación, incluso en nuestra salud, han sido las dietas restrictivas*

*Entendemos por dieta restrictiva un conjunto de pautas alimentarias rígidas y controladas, que implican un déficit calórico, se pretenden seguir por un tiempo limitado y cuyo fin único y último es bajar de peso.

No entendemos por dieta restrictiva un cambio de hábitos a largo plazo o cualquier otra estrategia flexible y autoconsciente que respete nuestra salud física y mental.

Dietas restrictivas y evidencia científica

Sin embargo, recientemente y tras décadas de cultura de las dietas, los estudios de psiconutrición han empezado a ver que las dietas restrictivas no son una herramienta alcanzable ni sostenible en el tiempo a nivel psicológico, además de su enorme potencial para deteriorar diferentes aspectos de nuestra relación con la comida y suponer uno de los primeros factores predisponentes a sufrir un Trastorno de la Conducta Alimentaria u otros problemas de salud mental.

Cuando la psiconutrición se ha puesto a revisar la evidencia científica acerca de las dietas restrictivas ha visto que sus resultados solo se analizan a corto plazo y en términos de peso y parámetros muy concretos de salud (es decir, puede que con esa dieta ciertas personas efectivamente hayan conseguido bajar hasta X kilos en X semanas). Sin embargo, cada vez más estudios que analizan la evolución del peso a largo plazo prueban cómo la mayor parte de personas que consiguen perder peso con una dieta lo acaban recuperando; además de comenzar a ver comprometida su salud mental, su relación con la comida y, en muchas ocasiones, también su salud física y metabolismo.  

La cultura de las dietas

Tras décadas, en nuestra sociedad, de recomendaciones sanitarias, propaganda publicitaria y toda una industria detrás de las dietas y el énfasis (por encima de todo) en la delgadez, la psiconutrición ha visto cómo hemos generado todo un fenómeno social entorno a ellas: lo que se denomina la “cultura de las dietas”.

La cultura de las dietas son una serie de creencias extendidas en la sociedad actual que sostienen que lo válido y lo moralmente correcto es la delgadez, y que ésta es directamente equivalente a salud, bienestar, éxito, autoestima… Y, con ello, si tu cuerpo no encaja dentro de ese patrón, lo que debes de hacer es tener fuerza de voluntad –já- y hacer las dietas que sean necesarias hasta conseguir el “peso correcto”.

Dicho esto, fíjate cómo la dieta y la pérdida de peso se nos ha planteado siempre como la solución a todos nuestros problemas: “cuando adelgace seré más feliz, tendré mejor autoestima, me cuidaré más, empezaré a hacer ejercicio, podré ir a la playa o disfrutar de mi sexualidad”.

Gordofobia

Por la otra parte, en nuestra sociedad, no es solo que la delgadez se considere lo correcto, si no que lo contrario (la gordura) se considera lo moralmente incorrecto; algo negativo, deplorable, y ligado directamente a enfermedad, falta de fuerza de voluntad, malos hábitos, dejadez, vagancia… A este fenómeno social en que se discrimina y/o prejuzga a las personas que viven en un cuerpo considerado “gordo” se le denomina gordofobia.

Estigma de peso en el sistema de salud

Hemos de tener en cuenta que los profesionales de la salud también somos personas y, por ello, tampoco estamos libres de prejuicios (a menos que hagamos el esfuerzo consciente de deshacernos de ellos). Por eso, la psiconutrición ha ido tomando cada vez más conciencia de cómo el sistema de salud lleva décadas influenciado por toda esa cultura de las dietas, gordofobia y estigma de peso, hasta el punto de confundir y priorizar la delgadez por encima de la salud.

Prueba de esto sería el siguiente hecho: si los estudios han probado que hacer dietas te predispone enormemente a sufrir un TCA u otros problemas de salud mental, ¿no es, acaso, la salud mental también salud? ¿Entonces por qué seguimos obcecados en la dieta como mejor estrategia aún en detrimento de la salud mental? ¿Nos estamos preocupando verdaderamente por la salud de las personas? ¿O nos estamos dejando llevar por prejuicios y creencias preconcebidas acerca de ciertas corporalidades?

Por otro lado, basta con hablar con personas que tengan eso que se considera estadísticamente «sobre-peso» y hayan acudido a algún profesional de la salud con alguna dolencia para escuchar cómo les han mandado de vuelta a su casa sin hacerles ninguna prueba y con una dieta –muchas veces de cajón y creada allá por 1900– como único tratamiento a su malestar.

Cabe decir que, dependiendo de la calidad humana y grado de satisfacción con la vida del profesional que te atienda, este proceder se aplica a veces, con cierta sutileza y tacto, y otras muchas desde el prejuicio y la superioridad moral (es decir, desde un estigma de peso).

¿Qué es y por qué aparece el hambre emocional?

Todas nuestras emociones, incluso las más desagradables, son necesarias y nos ayudan a adaptarnos a lo que nos ocurre. Pero no nos vamos a engañar, a nadie le gusta sentirse mal. Y, si a eso le sumamos que vivimos en la sociedad del estrés, ¿quién puede permitirse estar triste o ansiosx? Este tipo de emociones te paralizan, te hacen ser menos productivx, menos sociable, menos válidx (para esta sociedad). Es como si no tuviéramos tiempo para las emociones desagradables.

Por eso, en lugar de escuchar, aceptar y normalizar todas nuestras emociones, hacemos todo lo contrario: buscamos lo más rápido que tengamos a mano para taparlas, evitarlas o evadirnos. Y, si te das cuenta, comer puede ser muy útil en ese sentido.

Comer a priori te relaja, te evade, te hace sentir bien por un momento. Por eso, comer se convierte, a veces, en nuestro recurso para canalizar ciertas emociones intensas.
Y así es como nos acostumbramos o aprendemos a comer de manera emocional.

Hasta aquí no habría ningún problema: todxs en mayor o menor medida, en nuestra sociedad, comemos de manera emocional. Pero, si empiezas a hacerlo con relativa frecuencia y se convierte en tu única estrategia para «gestionar» determinadas emociones… te puede generar mucho malestar psicológico y también físico.

¿Cómo lidiar con el hambre emocional?

1) Escúchate.

Cuando te des cuenta de que te apetece/quieres/sientes la necesidad de comer, pregúntate:
«¿Tengo hambre?
«

    Aprende a diferenciar tus señales de hambre real o fisiológica (estómago vacío, debilidad, mareo, baja energía, impulso de comer casi cualquier alimento que te llene…) del hambre emocional (me apetecen alimentos concretos, especialmente ultraprocesados, con mucho azúcar, sal, aditivos; pero no es hambre real).

    2) Pon nombre a tu emoción.

    Imagina que, después de pensar un rato, llegas a la conclusión de que lo que estás sintiendo no es hambre real. En ese caso, lo más probable es que esa necesidad de comer que sientes sea hambre emocional.

    Entonces pregúntate «¿qué emoción siento?»

    Simplemente ponle nombre a la emoción que estás sintiendo y quieres canalizar a través de la comida. ¿Tristeza? ¿Frustración? ¿Ansiedad? ¿Ira? ¿Euforia? Puedes utilizar una rueda emocional para ayudarte.

    Comer emocional

    3) Permítete comer.

    Prohibírtelo solo empeorará las cosas. Simplemente escúchate, entiende qué estás sintiendo y por qué esa necesidad de taparlo a través de la comida. Y, si en ese momento crees que no tienes otro recurso mejor para «gestionar» esa emoción… adelante, no vas a matar a nadie, ¡tienes derecho!

    4) Come consciente

    Ya que comer esos bombones es, en ese momento, tu mejor herramienta para canalizar la ansiedad de esos días… ¡Disfrútalos! Comerlos con prisa, sin saborearlos ni disfrutarlos sí que sería absurdo.

      Tómate tu tiempo, piensa qué vas a comer, siéntate en un lugar tranquilo, apaga la televisión, quita las distracciones. Cómelo consciente, presta atención a cómo sabe, a qué huele, cómo es su textura, y cómo hace sentirse a tu cuerpo. Come cuanto quieras y después sigue con tu vida.

      5) Sé amable y comprensivx

      “He disfrutado y saboreado lo que he comido. A pesar de ello, comer me ha servido para distraerme un rato de mis emociones, pero no ha hecho que la montaña de trabajo por hacer disminuya ni que mi ansiedad desaparezca. No tenía hambre real, pero estaba tan desbordada que, en ese momento, no he sabido gestionar mi ansiedad de otra forma. Tengo derecho a no hacerlo todo perfecto. No obstante, seguiré trabajando por aprender a aceptar y convivir mejor con todas mis emociones y confío en que llegue el día en que no necesite recurrir a la comida para evadirme de ellas”.

      *Lo que te cuento aquí son solo unas pequeñas pinceladas que pueden ayudarte, o pueden hacer que te frustres si lo intentas y no consigues mejorarlo por ti solx. Por favor, intenta acudir a unx profesional si te atascas; la teoría parece muy fácil pero la práctica no lo es tanto.

      No quiero idealizar este tema ni vender humo:
      Tener una buena relación con tu cuerpo es algo muy difícil.

      Hemos crecido en una sociedad que nos presiona muchísimo con la estética:

      Si tu cuerpo no encaja en los cánones de belleza marcados, es muy probable que alguna vez hayas recibido desde insultos o burlas, hasta comentarios sutiles o gestos que te hayan hecho interiorizar que no todos los cuerpos merecen el mismo cariño, respeto o atención.

      Los cánones de belleza son algo inalcanzable; por mucho que sí consigas «el punto exacto de delgadez» o «el grosor perfecto de labios»… siempre hay algo más que matizar. Por eso, incluso aunque tu cuerpo entre más en la norma que otros, nadie está exento de sufrir por su apariencia.

      Con este panorama, lo que vamos interiorizando las personas desde bien pequeñas es que necesitamos cambiar nuestro cuerpo para ser aceptadas o lo suficientemente válidas. Y con ello, forjamos una relación con él basada en criticar y sobreanalizar lo que no nos gusta, someterle a mil maltratos para intentar cambiarlo, y no escuchar ni respetar sus necesidades.

      Nuestros cuerpos no existen para encajar en ningún canon de belleza.
      Nuestros cuerpos no tienen por qué gustarnos/gustarle a nadie para ser valiosos.
      Nuestros cuerpos existen para que podamos vivir.
      Para poder mantenernos con vida de la mejor forma, un cuerpo humano necesita que agradezcamos su trabajo y que escuchemos y respetemos sus necesidades.

      Aunque no sea tarea fácil, aquí te van algunas ideas para mejorar cómo te relacionas con tu cuerpo:

      1. Deja de criticarlo en voz alta

      Si te justificas en voz alta («sé que no me queda bien la camiseta con lo que he engordado»), estarás tirando piedras contra tu propio tejado y retroalimentando tu odio hacia él. Si empiezas a tomar conciencia de estos comentarios y los evitas… será un primer paso para mejorar tu relación con él.

      2. Deja de criticar/comentar los cuerpos de otras personas

      Cada vez que comentas o criticas el cuerpo de alguien, estás alimentando la idea de que nuestros cuerpos existen para encajar en un canon de belleza y sólo son valiosos cuando lo hacen. Hay mil temas de conversación para hablar con tus amigxs más productivos para vuestra vida y vuestra salud mental.

      3. Revisa cómo te miras al espejo

      Cuando te miras al espejo, ¿sueles hacerlo para criticarte o fijarte en lo que no te gusta? ¿lo haces para fijarte solo en lo que sí te gusta? ¿O simplemente te observas de forma objetiva, sin juicios?
      Mirarte al espejo no es obligatorio. Verte/ser guapx o delgadx tampoco. Así que mírate al espejo sólo si quieres. Pero, si lo haces… al menos no lo hagas para criticarte o fijarte en lo que no te gusta, es hacerte daño a propósito.

      4. Deja de esperar a que tu cuerpo cambie: vive YA

      ¿Guardando ropa antigua «para cuando adelgaces»? ¿Esperando a ir a la playa cuando «pierdas unos kilos»? ¿Cerrándote a conocer a alguien hasta que te veas mejor? ¿Apartando tu afición por maquillarte o la moda hasta que «estés mejor»?

      Mereces vivir YA y disfrutar de tu vida y las cosas que te gustan YA, con tu cuerpo tal y como es ahora.

      5. Abre tu mente

      La presión estética es tanta y los cánones de belleza tan marcados que, si te fijas, en la televisión, revistas, moda… solo verás personas con un mismo tipo de cuerpo. Si te das cuenta, esto no es para nada un reflejo del mundo real. Lo cierto es que existen infinitos tipos de cuerpos diferentes y todos son igualmente válidos.

      Acostumbra tus ojos a ver la realidad del mundo: sigue cuentas en redes sociales que muestren cuerpos reales, busca tiendas de ropa para todos los cuerpos, atrévete a mirar con otros ojos cuerpos que antes no te parecían bonitos por no encajar en ciertos patrones.

      PD: Si ya lo has intentado y sientes que ningún consejo te sirve para mejorar la relación con tu cuerpo… Ve a terapia

      La cultura de las dietas ha hecho mucho daño en nuestra salud mental, pero también en la física. Se nos ha vendido durante mucho tiempo que intentar adelgazar o mantenerse delgadx es lo más importante, incluso por encima del bienestar emocional y de la salud.

      Desgraciadamente, para la mayoría de las personas, el mensaje ha sido y sigue siendo éste:

      Lógicamente, viviendo en una sociedad con tanta presión por la delgadez y discriminación por lo que no entra en ese patrón, cualquier solución aparentemente rápida y fácil es bienvenida. Por eso llevamos décadas bombardeadxs con dietas milagro, productos adelgazantes y consejos nutricionales erróneos o dañinos para la salud pero que te prometen conseguir la ansiada delgadez.

      En resumen: puede que las dietas te hayan generado un «cacao mental» y bastantes creencias equivocadas sobre nutrición, metabolismo, salud mental… psiconutrición.
      Así que… ¡te pongo a prueba!
      Te recomiendo leerlas de la manera más textual que puedas porque, te aviso, en algunas de ellas «he ido a pillar»

      Una báscula es un aparato que mide el peso de «lo que le pongas encima» (cantidad de materia de un cuerpo por la gravedad).

      Si tú pones harina, huevos y azúcar en el robot de cocina para hacer un bizcocho, la pesa del robot te dirá que dentro hay 200 gramos, pero no te dice cuánto hay de cada cosa, salvo que lo peses por separado.

      De la misma forma, si tú te subes a la báscula, ésta calcula el peso total de tu cuerpo, pero no dice nada de su composición (masa muscular, grasa, agua…).

       Ver que has subido unos gramos en la báscula no significa, necesariamente, que hayas «engordado» (ganado masa grasa). Puede que te vaya a bajar la regla, que lleves días sin ir al baño, que hayas ganado masa muscular o retenido más líquidos de lo habitual.

      …Así como ver que has bajado unos gramos tampoco significa necesariamente que hayas perdido grasa (de hecho, puede que hayas perdido masa muscular, lo cual no suele ser lo deseable de cara a la salud).

      La respuesta es… FALSO.

      Recomendación: Además de que la báscula es engañosa, pesarse con frecuencia suele resultar dañino para la salud mental y contraproducente para mantener unos buenos hábitos. Lo mejor que puedes hacer es guardar la báscula en el armario y empezar a buscar la manera de mejorar tus hábitos de una forma realista, alcanzable y sostenible en el tiempo.

      La cantidad de masa grasa que hay en tu cuerpo puede aumentar (lo que llamaríamos engordar) sin comer bollería, comida rápida o ultraprocesados. Así mismo, la cantidad de masa grasa de tu cuerpo puede disminuir (adelgazar) comiendo bollería.

      Lo que determina que engordes o adelgaces son muuuuuchos factores diferentes (tu edad, sexo, genética, sistema hormonal, niveles de estrés, estilo de vida…); no es un alimento por sí solo el que determina que engordes o adelgaces.

      Ningún alimento, de por sí, engorda o adelgaza.

      Recomendación: Dicotomizar los alimentos en prohibidos vs. permitidos o «que engordan» vs. que no engordan, terminará siendo contraproducente para tus hábitos y tu salud mental (todo lo que te prohíbas, te apetecerá más). Aprende a dejar atrás las prohibiciones y la culpa, disfruta y saborea de TODOS los alimentos que elijas comer. Se puede tener una alimentación muy saludable siendo flexible y disfrutando de la vida.

      La respuesta era… FALSO.

      A nuestro cuerpo no solo le importa qué comemos, si no cómo lo comemos. Aunque una pieza de fruta entera o en zumo puedan parecer lo mismo, no tienen nada que ver a nivel metabólico y de salud.

      Cuando tomas una pieza de fruta entera, estás tomando su jugo (agua y nutrientes) junto con la fibra y minerales que existen en su pulpa y corteza. De modo que tu sistema digestivo absorberá de manera lenta los azúcares que contiene.

      Cuando tomas la pieza de fruta en zumo, la absorción de los azúcares es mucho más «de golpe» y estarás privando a tu cuerpo de la fibra que tanto necesita para muchos procesos.

      Recomendación: La fruta es un grupo de alimentos completamente saludable, te aporta vitaminas, minerales y fibra.
      Si quieres empezar a comer más fruta, procura tener siempre el frutero de casa con suficiente variedad y colores; será más fácil que te apetezca.

      La respuesta era… FALSO.

      El cortisol es la hormona «del estrés», necesaria para que nuestro cuerpo funcione de la mejor manera en «situaciones de emergencia» (cuando cogemos una infección viral, una enfermedad, estamos muy preocupados por algo, llevamos mucha carga de actividad física, tenemos ansiedad o depresión…).

      Pues bien, se ha visto que muchas personas que tienen el cortisol elevado de forma constante durante una etapa de su vida, tienden también a acumular más grasas.

      Algunas teorías dan ésta explicación: si nuestro cuerpo está diseñado para sobrevivir y, hace millones de años, el mayor riesgo para nuestra supervivencia era morir de hambre… cuando entramos en situación de emergencia por el motivo que sea, el cortisol decide que hay que ahorrar energía por si vienen tiempos de hambruna. Esa energía en nuestro cuerpo se almacena en forma de grasa.

      Recomendación: Según esto, si una dieta restrictiva te genera estrés, ansiedad, preocupación, culpa… acaba siendo inútil y contraproducente para perder peso (además de dañina para tu salud mental y, con ello, física).

      La respuesta era… VERDADERO.

      Para empezar, tenemos que diferenciar dos tipos de grasas. Uno de estos grupos es el de los ácidos grasos monoinsaturados y poliinsaturados (quizás te suenen los nombres omega 3, omega 6, ácido oleico, linoleico, EPA, DHA…).

      Pues bien, es imprescindible para el correcto funcionamiento de tu cuerpo que disponga de niveles suficientes de estos ácidos grasos. Y ten en cuenta que algunos de ellos son esenciales (tu cuerpo no puede sintetizarlos), por eso hay que ingerirlos con la alimentación.

      Recomendación: La cultura de las dietas ha demonizado algunos alimentos muy saludables por contener, supuestamente, muchas calorías o grasas. Quita de tu «lista de alimentos prohibidos» el pescado azul, los frutos secos, los huevos, el aceite de oliva virgen…

      La respuesta era… FALSO.

      Uno de los temas que más abordamos desde la psiconutrición es la «famosa» ansiedad por la comida.

      En una sociedad tan superficial como la de hoy en día, con tanta presión por la belleza y la estética, y con tanta sobreinformación en temas de nutrición, deporte y salud… extraño es el caso de la persona que nunca haya intentado hacer dieta, modificar su cuerpo, restringir alimentos… y con ello trastocar en mayor o menor medida su relación con la comida.

      En este artículo vamos a hablar de «ansiedad» por la comida para referirnos a ese impulso o necesidad fuertes de comer, difícil de gestionar, que podemos sentir de forma física o mental.

      A continuación, te cuento alguno de los posibles motivos por los que puedes sentir esa «ansiedad por la comida»:

      Dejando aparte el debate de si las dietas restrictivas son una buena estrategia para perder peso y mantener la salud «física», lo que está claro es que no son una estrategia compatible con la salud mental.

      Una dieta restrictiva te obliga a relacionarte con la comida desde el control: «esto lo puedo comer», «esto no lo puedo comer», «no debería haber comido esto», «debería parar de comer esto otro»… Y, como comprenderás, tantas normas, prohibiciones y culpa a cualquiera le producirán ansiedad.

      Cuando tienes ansiedad por un alimento, ¿suele ser por un alimento que consideras que «no deberías comer»? ¿Crees que realmente te apetecería si no te lo hubieras prohibido nunca?

      Así que sí, una de las razones más probables de que sientas ansiedad por la comida es estar o haber estado alguna vez en tu vida a dieta.

      Me gustaría aclarar que lo contrario de estar a dieta no es necesariamente tener una alimentación insana o «improvisar constantemente». Existe un término medio: se puede comer de forma planificada, sana y consciente, pero desde la flexibilidad, el autocuidado y la salud mental.

      Cuando estás a dieta para perder peso y, por tanto, restringes calorías, ocurren otros mecanismos, además de los psicológicos que te explicaba en el punto anterior, que te pueden generar ese ansia por la comida.

      Piensa que nuestro cuerpo es una máquina que está diseñada para sobrevivir. Si empiezas a darle menos energía de la que está acostumbrado, probablemente lo sienta como un peligro para la superviviencia y te lo hará saber con un aumento de la señal de hambre, mayor sensibilidad al olor de ciertos alimentos, incluso pensamientos o sueños recurrentes relacionados con comida.

      Con mucha frecuencia utilizamos la comida como forma de canalizar emociones: comemos para relajarnos o descansar después de la jornada de trabajo, para olvidarnos de nuestras preocupaciones, para tener un rato agradable después de un día horrible, para disfrutar de una celebración…       

      Así pues, si tu manera de calmarte (o canalizar cualquier otra emoción) suele ser a través de la comida, ten claro que tu cuerpo te pedirá comida cada vez que sientas esa emoción con intensidad.

      Para saber si lo que sientes es hambre emocional, aprende primero a identificar tus señales de hambre «real» o fisiológica (dolor o rugido en las tripas, debilidad, dolor de cabeza, sensación de que podrías comer cualquier alimento para saciarla). Si, en un determinado momento, lo que sientes no es hambre «real», probablemente sea hambre emocional.

      En otras ocasiones, la comida forma parte de nuestras rutinas y nuestros esquemas mentales: «tengo que cenar ya porque es la hora de cenar», «no debería comer aún porque aún no es la hora», «a ver si llegan las 6 para poder merendar y así tener una excusa para descansar»…

      Por eso, a veces, puede que sientas que «necesitas comer» para cumplir con tus rutinas o con las normas que tienes interiorizadas entorno a la comida. Y, si no puedes cumplir con esas normas o rutinas por el motivo que sea, puede que eso te genere ansiedad.

      Este punto está directamente relacionado con el primero sobre las dietas restrictivas y comer desde el «control». Pero me parece importante resaltar este punto.

      Es muy probable que si estás preocupadx por tu peso o el tamaño de tu cuerpo y tienes una mala relación con él, pienses que «deberías adelgazar», «deberías comer menos», «deberías ponerte a dieta», «no deberías permitirte ciertos alimentos»… Y, precisamente todo ese discurso interno de prohibiciones, obligaciones y culpabilidad, y este intento de relacionarte con la comida desde el control te generará mucha ansiedad por la comida.

      En nuestra sociedad está extendida la idea de que, «si tienes sobrepeso», es «porque quieres» o porque no tienes fuerza de voluntad, eres vagx, te pasas el día comiendo, o tienes hábitos peores que cualquier persona delgada.

      Esto es solo un estereotipo, no es la realidad.

      Fíjate en el cine: ¿Te das cuenta de que los personajes con sobrepeso que aparecen siempre están comiendo, son torpes o motivo de burla por su cuerpo? ¿Te das cuenta de que lxs protagonistas inteligentes, atractivxs, valientes siempre son delgadxs?

      Y, si tienes interiorizado ese estereotipo, es muy probable que también te hables así a tí mismx si crees que tu cuerpo no es como la sociedad dice que «debería ser» («soy unx vagx», «no tengo fuerza de voluntad», «no sé controlarme», «debería estar a dieta»…). Todo este discurso interno, nuevamente te generará más malestar y ansiedad por la comida.